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Escrito por Leylane Bertoldo Campos, voluntaria en los Ministerios Hermanas Rosa de Hierro en Recife, Pernambuco, Brasil
El dicho "la práctica hace al maestro" es un clásico en muchas culturas. Ya sea que estés leyendo este artículo en portugués, inglés o español, seguramente la has oído antes. ¿Pero es realmente tan simple? He oído que algunos psicólogos y neurocientíficos prefieren hacer una ligera corrección a este dicho. Dicen que "la práctica conduce a la permanencia", pero no necesariamente a la perfección. Esto es porque, si practicas algo de la manera equivocada, tu cerebro reforzará ese error. Con esto en mente, podemos aplicar esta lógica a nuestro camino con Dios, ya que el riesgo es muy similar. Cuando intentamos practicar una vida piadosa de la manera equivocada, podemos perseguir una perfección que nunca llegará. En cambio, podemos buscar una piedad que agrade a Dios—no para volvernos perfectos, sino para madurar y ser fructíferos.
Es común ver una visión simplificada de la espiritualidad dentro de nuestra comunidad. Para algunos, asistir regularmente a actividades de la iglesia, leer mecánicamente un capítulo de la Biblia y orar rápidamente antes de acostarse constituyen una especie de "combinación de santidad". Aunque estas acciones son esenciales cuando se realizan intencionadamente, reducir la fe a una lista de verificación puede ser una forma poco sabia y desordenada de nutrir nuestra vida espiritual. Debemos entender que la fe bíblica no es pasiva. La sabiduría de Dios también se manifiesta a través de la estrategia y la planificación, y esto es precisamente lo que demuestra la mujer de Proverbios 31.
Calcula el valor de un campo y lo compra;con sus ganancias planta un viñedo. (Prov 31:16 NVI)
La mujer de Proverbios 31 tiene una visión muy clara de su futuro. Fíjate que no compra una propiedad por impulso; la examina antes de tomar esa decisión. Al examinar una propiedad, es necesario evaluar pacientemente su idoneidad para el propósito previsto—en este caso, plantar un viñedo. Aquí hay un principio de sabiduría bíblica. En Proverbios, la persona sabia observa, reflexiona y actúa con discernimiento.
En este versículo también vemos a una mujer que dedicó sus esfuerzos a plantar un viñedo—una tarea que requiere visión a largo plazo. Un viticultor experimentado sabe que todo el proceso de plantar un viñedo exige paciencia. En los primeros años, el proyecto puede parecer estancado. Sin embargo, es bajo la tierra—oculto a nuestra vista—donde se realiza el verdadero trabajo. Ahí es donde la planta gasta toda su energía, hundiendo sus raíces lo más profundo posible para absorber los nutrientes necesarios. Si diera fruto sin raíces profundas, toda su estructura podría verse comprometida. Esto nos recuerda que la madurez cristiana también requiere la paciencia del cultivo—una práctica que nos llevará a ser como Cristo.
A primera vista, podríamos ver este versículo simplemente como una guía sobre negocios o finanzas. Sin embargo, la sabiduría de Dios se refleja en nuestra vida cotidiana. La forma en que examinamos nuestras elecciones también refleja el estado de nuestro corazón. Las acciones diarias que realizamos están profundamente ligadas a buenos hábitos que pueden acercarnos a Dios.
¿Alguna vez te has parado a pensar en cómo tomas tus decisiones? ¿Cómo gestionas tus recursos? ¿Cómo planificas tu tiempo, gestionas tu dinero o usas tus talentos? ¿Buscas tomar decisiones basándote en la sabiduría de Dios, en lugar del deseo de resultados inmediatos o de la necesidad emocional?
Al igual que un viñedo, el crecimiento espiritual requiere constancia diaria, poda y gran paciencia. Una vida espiritual verdaderamente valiosa no ocurre de la noche a la mañana, ni surge de repeticiones vanas carentes de propósito o planificación. Ya sea en casa, en el trabajo o en la iglesia, debemos aplicar la sabiduría de Dios a cada decisión que tomamos: examinar los asuntos y planificar a largo plazo.
Las mujeres cristianas buscan el éxito del Reino de Dios por encima de todo; examinan sus actitudes y gestionan con discernimiento lo que Dios ha puesto en sus manos. ¿Qué "tierra" necesitas examinar con más atención ahora antes de tomar una decisión? ¿Has estado plantando viñedos para el futuro o has vivido simplemente por impulsos presentes? ¿Has estado gastando tu energía plantando viñedos que alimentarán tu futuro, o has pasado tus días reaccionando solo a los impulsos y urgencias del presente?
Santiago 5:7-8 dice: "Por tanto, hermanos, tengan paciencia hasta la venida del Señor. Miren cómo espera el agricultor a que la tierra dé su precioso fruto y con qué paciencia aguarda las lluvias de otoño y primavera. Así también ustedes, manténganse firmes y aguarden con paciencia la venida del Señor, que ya se acerca."
Comienza hoy lo que esperas para el mañana. Prepárate para la venida de Cristo. Ora hoy por el futuro de tu matrimonio. Ora hoy por la adolescencia de tu bebé, o por los futuros cónyuges de tus hijos pequeños. Busca hoy el crecimiento espiritual que deseas para tu futuro. Practicar una vida piadosa puede no conducir a la perfección que busca el mundo, pero sin duda nos conducirá a una vida fructífera—una práctica que se lleva a cabo de la manera correcta, como Dios desea y nos ha enseñado, para que podamos fortalecer nuestros corazones, pues la venida del Señor está cerca.
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Escrito por Kim Solis, voluntaria del Ministerio Hermana Rosa de Hierro en Oregón
Mateo 9:37-38 dice:
“La cosecha es abundante, pero son pocos los obreros —dijo a sus discípulos—. Por tanto, pidan al Señor de la cosecha que envíe obreros a su campo” (NVI).
Siempre que pienso en este versículo, me vienen a la mente imágenes de hombres y mujeres trabajando en el campo, recogiendo la cosecha de lo que se ha sembrado. Es un trabajo arduo que normalmente nadie desea hacer. Requiere tiempo, esfuerzo y energía: espaldas adoloridas, manos maltratadas, rodillas sucias y, muchas veces, sangre, sudor y lágrimas.
Muchos sermones, lecciones y exhortaciones se enfocan en preguntarnos si estamos trabajando en el campo, participando en la cosecha de nuevas almas al hablarles de Dios y explicarles su plan de salvación.
La TLA (Traducción en Lenguaje Actual) lo expresa así:
Jesús les dijo a sus discípulos: «Son muchos los que necesitan entrar al reino de Dios, pero son muy pocos los discípulos para anunciarles las buenas noticias. Por eso, pídanle a Dios que envíe más discípulos, para que compartan las buenas noticias con toda esa gente”.
Trabajar en el campo, cosechar = anunciar y compartir las buenas noticias con la gente.
Muchas veces pensamos que la forma correcta de “evangelizar” —es decir, compartir las buenas nuevas— consiste principalmente en organizar grandes campañas, tocar muchas puertas o repartir volantes en la calle. Y con frecuencia el enfoque comienza señalando los pecados o errores de las personas: decirles que están perdidas, que solo Jesús puede rescatarlas, que necesitan arrepentirse y bautizarse para el perdón de sus pecados y resucitar con Él a una nueva vida.
Estoy de acuerdo con ese mensaje. Con lo que no estoy tan de acuerdo es con que señalar y corregir sea el punto de partida.
Las buenas nuevas son, precisamente, BUENAS.
Anuncian que los cojos andan, los sordos oyen y los cautivos son puestos en libertad. En los evangelios vemos que las correcciones más severas de Jesús fueron dirigidas muchas veces a quienes ya conocían las Escrituras y afirmaban conocer a Dios. A quienes estaban heridos, marginados o lejos, Jesús se acercaba atendiendo sus necesidades físicas, pero también —y quizá aún más profundamente— sus necesidades emocionales. Les ofrecía compasión, aceptación, dignidad y amistad. Y, desde esa relación, les enseñaba una nueva manera de vivir.
Primera de Pedro 3:15-16 dice que debemos estar siempre preparados para presentar defensa de la esperanza que hay en nosotros. Eso implica que primero hay una esperanza que otros pueden ver.
Las personas observan nuestra paz, nuestra esperanza, nuestra manera de amar y de vivir. Y esa diferencia puede llevarlas naturalmente a preguntarnos cuál es la razón de lo que ven en nosotros. Además, ser obrero en el campo abarca mucho más que pronunciar palabras de explicación o instrucción. Ninguna cosecha existiría si antes alguien no hubiera sembrado, regado y cultivado con intención, atención, paciencia, cuidado y amor.
Me vienen a la mente las palabras de Pablo en 1 Corintios 3:6-7:
“Yo sembré, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino solo Dios porque es quien hace crecer”.
Cuando mostramos misericordia a las personas, cuando somos generosos con nuestro afecto, nuestros recursos y nuestro tiempo, cuando ayudamos, acompañamos y animamos, estamos sembrando, regando y cultivando, aun antes de abrir las páginas de una Biblia.
Primera de Juan 4:11-12 dice:
“Queridos hermanos, ya que Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Nadie ha visto jamás a Dios, pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece entre nosotros y entre nosotros su amor se ha manifestado plenamente”.
La gente no puede ver a Dios. Pero cuando ve el amor que mostramos unos hacia otros y hacia quienes nos rodean, puede vislumbrar algo de Él. Dios se hace presente entre nosotros y Su amor se manifiesta de una manera que los demás pueden experimentar.
Eso también es compartir el evangelio.
Eso también es anunciar las buenas nuevas.
Eso también es participar en la obra del campo y en la cosecha.
Entonces, ¿qué estás haciendo hoy para participar en la obra?
¿Estás sembrando?
¿Estás regando?
¿Estás cultivando con amor, generosidad y misericordia?
¿O quizá hoy te corresponde cosechar, estando preparada para explicar la esperanza que hay en ti y decirle a alguien que esa misma esperanza también está disponible para él?
No todos hacemos la misma parte de la obra en el mismo momento.
Unos siembran. Otros riegan. Otros cosechan. Pero es Dios quien da el crecimiento.
